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    June 21

    Instantes...

    textoalternativo


    Si pudiera vivir nuevamente mi vida,
    en la próxima trataría de cometer más errores.
    No intentaría ser tan perfecto, me relajaría más.
    Sería más tonto de lo que he sido,
    de hecho tomaría muy pocas cosas con seriedad.

    Sería menos higiénico.
    Correría más riesgos,
    haría más viajes,
    contemplaría más atardeceres,
    subiría más montañas, nadaría más ríos.
    Iría a más lugares adonde nunca he ido,
    comería más helados y menos habas,
    tendría más problemas reales y menos imaginarios.
     
    Yo fui una de esas personas que vivió sensata
    y prolíficamente cada minuto de su vida;
    claro que tuve momentos de alegría.
    Pero si pudiera volver atrás trataría
    de tener solamente buenos momentos.
     
    Por si no lo saben, de eso está hecha la vida,
    sólo de momentos; no te pierdas el ahora.
    Yo era uno de esos que nunca
    iban a ninguna parte sin un termómetro,
    una bolsa de agua caliente,
    un paraguas y un paracaídas;
    si pudiera volver a vivir, viajaría más liviano.
     
    Si pudiera volver a vivir
    comenzaría a andar descalzo a principios
    de la primavera
    y seguiría descalzo hasta concluir el otoño.

    Daría más vueltas en calesita,
    contemplaría más amaneceres,
    y jugaría con más niños,
    si tuviera otra vez vida por delante.
     
    Pero ya ven, tengo 85 años...
    y sé que me estoy muriendo.
     
    Jorge Luis Borges - Poemas del Alma
    January 06

    El Arte de Amargarse la Vida: Breves Apuntes Irónicos

    ¿Es fácil amargarte la vida si te lo propones?

    Reproduzco un extracto del libro "El Arte de Amargarse la Vida" del genial Paul Watzlavick...ahí os va

    "Según dicen, el tiempo sana las heridas y los sufrimientos. Puede que sea cierto, pero no importa que nos alarmemos. Pues es perfectamente posible escudarse contra esta influencia del tiempo y convertir el pasado en una fuente de amarguras. Al menos cuatro mecanismos ya conocidos de antiguo están a nuestra disposición, a saber:

     

     


    1. La sublimación del pasado


    Con alguna habilidad, hasta el principiante puede también conseguir ver el pasado a través de un filtro que sólo deje pasar con luz transfigurada lo bueno y bello. Sólo cuando este truco no funciona, se recuerdan con realismo vigoroso los años de la pubertad (ni hablar que también los de la niñez) como época de inseguridad, de dolor universal y de angustia de futuro, y no se echa de menos ni uno solo de sus días. En cambio, el aspirante a la vida amarga que esté más dotado, no tendrá seguramente mayor dificultad en ver su juventud como edad de oro perdida para siempre y en constituirse de este modo una reserva inagotable de aflicción.


    Naturalmente, la edad de oro de la juventud no es más que un ejemplo. Otro ejemplo podría ser el dolor intenso por la rotura de una relación amorosa. Resista usted a lo que le insinúen su razón, su memoria y sus amigos bien intencionados que quieren meterle en su cabeza que dicha relación ya hacía tiempo que estaba quebrada sin remedio, y que usted mismo se preguntaba con frecuencia a regañadientes cómo lo haría para salirse de aquel infierno. Simplemente, no les dé crédito a los que le dicen que la separación es con mucho un mal menor. Convénzase más bien por enésima vez de que un «nuevo arreglo» serio y sincero constituiría esta vez el éxito ideal. (Sin duda, no lo será.) Déjese guiar, además, por la siguiente reflexión eminentemente lógica: si la pérdida del ser querido es tan infernalmente dolorosa, qué delicia celestial no será el nuevo encuentro. Apártese de todos sus amigos, quédese en casa junto al teléfono, a fin de que, si sonara su hora afortunada, esté usted disponible de inmediato y del todo.


    En caso de que la espera se le haga larga en exceso, entonces la experiencia humana de tiempos inmemoriables aconseja trabar una nueva amistad que sea idéntica a la anterior en todos sus detalles (por distinta que ésta al principio le parezca).

     

     


    2. La mujer de Lot


    Otra ventaja de aferrarse al pasado está en que no deja tiempo de ocuparse del presente. Si esto se hiciese, podría suceder muy bien que uno, por pura casualidad, en un viraje de 90 o hasta 180 grados de su ángulo visual, tuviese que comprobar que el presente no sólo le ofrece contrariedades suplementarias, sino también alguna que otra contra-contrariedad; no hablemos de muchas novedades que podrían hacer tambalear nuestro pe¬smismo adoptado una vez para siempre. En este punto, contemplamos con admiración a nuestra maestra ejemplar de la Biblia, la mujer de Lot —usted lo recuerda, ¿verdad?—. El ángel dijo a Lot y a su familia: «Escapa, por tu vida. No mires atrás, ni te detengas en toda la llanura...» Pero su mujer «miró atrás y se convirtió en estatua de sal» (Gen. 19, 17.26).

     

     


    3. El vaso de cerveza fatal


    Un maestro antiguo del cine cómico americano, W. G. Fields, enseña en su película, The Fatal Glass of Beer, la ruina espantosa e inevitable de un joven que no puede resistir ante la tentación de beber su primer vaso de cerveza. El dedo levantado en señal de advertencia (si bien una risa reprimida lo hace temblar) no puede pasar inadvertido: el hecho es breve, el arrepentimiento largo. ¡Y tan largo! (Piénsese en nuestra primera madre de la Biblia: Eva, y el bocado de manzana...)


    Esta fatalidad tiene sus ventajas innegables que hasta ahora, en nuestra época iluminada, se silenciaron vergonzosamente, pero que ya no se pudenen ocultar por más tiempo: arrepentimiento va, arrepentimiento viene. Para nuestro tema es mucho más importante el hecho de que, si las consecuencias irreparables del primer vaso de cerveza no disculpan los vasos que siguen, sí los determinan. Dicho de otro modo: muy bien, uno carga con la culpa, entonces debiera uno haberlo sabido mejor, pero ahora ya es demasiado tarde. Se pecó entonces, ahora se es víctima del propio paso dado en falso. Naturalmente, esta forma de cons¬trucción de desdicha no es la ideal, puede pasar.


    Intentemos, pues, afinarla. ¿Qué pasa en el caso de que no haya habido participación alguna de parte nuestra en el suceso original?, ¿en el caso de que nadie pueda acusarnos de cooperación? Sin duda, entonces somos puras víctimas. ¡Y que intente alguien sacudirnos de nuestro status de víctima o esperar que adoptemos medidas en contra! Lo que nos hayan podido causar Dios, el mundo, el destino, la naturaleza, los cromosomas y las hormonas, la sociedad, los padres, los parientes o, sobre todo, los amigos, es tan grave que la simple insinuación de que quizás podríamos intentar poner algún remedio a la situación, ya sería una ofensa. Y por si fuera poco, desprovista de todo rigor científico. Cualquier manual de psicología nos abre los ojos, para que nos percatemos de que la personalidad ya viene determinada por unos factores del pasado, principalmente situados en la más tierna infancia. Y hasta los niños saben que los sucesos, una vez hechos, ya no se pueden deshacer nunca más. De aquí -dicho sea de paso- la enorme seriedad (y duración) de los tratamientos psicológicos especializados. ¿Adonde iríamos a parar, si fuera en aumento el número de los convencidos de que su situación es desesperada, pero no seria? Basta mirar la advertencia ejemplar que nos ofrece Austria al mantener como himno nacio¬nal la canción placentera que la oficialidad in¬siste en negar: «O du lieber Augustin, alies ist hin» (Agustín querido, todo está perdido).


    Si alguna que otra vez -no es fácil que pase-, el mismo curso independiente de las cosas compensa, sin intervención nuestra, por el trauma o fallo del pasado y nos da gratuitamente lo que deseamos, el experto en el arte de amargarse la vida no se desalienta ni mucho menos. La fórmula «ahora ya es demasiado tarde, ahora ya no quiero», le permite permanecer inaccesible en su torre de marfil de indignación y evitar así que, lamiéndose las heridas infligidas en el pasado, éstas vayan a curar.
    Pero el non plus ultra, que naturalmente es cosa de genios, consiste en responsabilizar el pasado incluso del bien, y sacar de ahí un capital a cuen¬ta de la desdicha presente. Un ejemplo insuperable de esta variante del tema es la sentencia, que ha pasado a la historia, de un marinero veneciano después que marcharon los Habsburgo de Venecia: «¡Malditos austríacos que nos han enseñado a comer tres veces al día!»

     

     


    4. La llave perdida o «más de lo mismo»


    Un borracho está buscando con afán bajo un farol. Se acerca un policía y le pregunta qué ha perdido. El hombre responde: «Mi llave.» Ahora son dos los que buscan. Al fin, el policía pregunta al hombre si está seguro de haber perdido la llave precisamente aquí. Éste responde: «No, aquí no, sino allí detrás, pero allí está demasiado oscuro.»
    ¿Le parece a usted absurda la historieta? Si es así, busque usted también fuera de lugar. La ven¬taja de una tal búsqueda está en que no conduce a nada, si no es a más de lo mismo, es decir, nada.


    En estas pocas y simples palabras, más de lo mismo, se esconde una de las recetas de catástrofes más eficaces que jamás se hayan formado sobre nuestro planeta en el curso de millones de años y que han llevado especies enteras de seres vivientes a la extinción. Se trata de un ejercicio con el pasado que ya conocieron nuestros antepasados en el reino animal antes del sexto día de la creación.


    A diferencia del mecanismo anterior que atribuye la causa y la culpa a la fuerza mayor de unos sucesos pasados, este ejercicio cuarto se basa en el aferrarse tercamente a unas adaptaciones o soluciones que alguna vez fueron suficientes, eficaces o quizás las únicas posibles. El problema de toda adaptación a unas circunstancias determinadas no es otro que éstas cambian. Entonces es cuando empieza el ejercicio. Está claro que ningún ser viviente puede comportarse con desorden -es decir, hoy así y mañana de un modo totalmente distinto- en su medio ambiente. La necesidad vital de adaptarse conduce inevitablemente a la formación de unos modelos de conducta que tienen como objetivo conseguir una supervivencia lo más eficaz y libre de dolor posible. Pero, en cambio, por unos motivos todavía enigmáticos a los mismos investigadores de la conducta, animales y hombres tienden a conservar estas adaptaciones óptimas en unas circunstancias dadas, como si fueran las únicas posibles para siempre. Ello acarrea una obcecación doble: primero, que con el paso del tiempo la adaptación referida deja de ser la mejor posible, y segundo, que junto a ella siempre hubo toda una serie de soluciones distintas, o al menos ahora las hay. Esta doble obcecación tiene dos consecuencias: primera, convierte la solución intentada en progresivamente más difícil; y segunda, lleva el peso creciente del mal a la única consecuencia lógica aparentemente posible, esto es, a la convicción de no haber hecho todavía bastante para la solución del mal. Es decir, se aplica más cantidad de la misma «solución» y se cosecha precisamente más cantidad de la misma miseria.


    La importancia de este mecanismo para nuestro propósito es evidente. Sin necesidad de recursos especializados, el principiante puede aplicarlo; en realidad está tan difundido que ya desde los días de Freud va ofreciendo buenos ingresos a generaciones de especialistas; de todos modos queremos observar, de paso, que ellos no lo llaman «receta del más de lo mismo», sino neurosis. Pero lo importante no es el nombre, sino el efecto. Éste está garantizado, mientras el aspirante a la vida desdichada se atienda a dos normas sencillas: primera, no hay más que una sola, posible, permitida, razonable y lógica solución del problema, y si estos esfuerzos no consiguen el éxito, ello sólo indica que uno no se ha esforzado bastante. Segunda norma, el supuesto mismo de que sólo hay una solución no puede ponerse nunca en duda; sólo está permitido ir tanteando en la aplicación de este supuesto fundamental".

     

     

    Paul Watzlavick, "El Arte de Amargarse la Vida" (descargar)

    October 16

    ¡¡Soñadores!! Un clásico

     

     

    textoalternativo

     
     
     
    Sueña el rey que es rey, y vive
    con este engaño mandando,
    disponiendo y gobernando;
    y este aplauso, que recibe
    prestado, en el viento escribe,
    y en cenizas le convierte
    la muerte, ¡desdicha fuerte!

    ¿Que hay quien intente reinar,
    viendo que ha de despertar
    en el sueño de la muerte?
     
    Sueña el rico en su riqueza,
    que más cuidados le ofrece;
    sueña el pobre que padece
    su miseria y su pobreza;
    sueña el que a medrar empieza,
    sueña el que afana y pretende,
    sueña el que agravia y ofende,
    y en el mundo, en conclusión,
    todos sueñan lo que son,
    aunque ninguno lo entiende.
     
    Yo sueño que estoy aquí
    destas prisiones cargado,
    y soñé que en otro estado
    más lisonjero me vi.
    ¿Qué es la vida? Un frenesí.
    ¿Qué es la vida? Una ilusión,
    una sombra, una ficción,
    y el mayor bien es pequeño:
    que toda la vida es sueño,
    y los sueños, sueños son.
     
    Pedro Calderón de la Barca
    July 23

    Totalmente de Acuerdo

     

     

     

    “los objetos son creación mía, y mi experiencia de ellos es subjetiva, no objetiva. No es trivial empero advertir que muy pocas personas, al menos en la cultura occidental, dudan de la objetividad de datos sensoriales tales como el dolor o sus imágenes visuales del mundo exterior. Nuestra civilización tiene profundas raíces en esta ilusión”    

     

                             (Gregory Bateson: Espíritu y naturaleza)
     
     
     
     
     
     
     

    Realidades Contextuales...Pajillas de Gasset

    “Este fresno es verde y está a mi derecha (…) Cuando el sol caiga por detrás de estos cerros, yo tomaré una de estas confusas sendas abiertas como surcos ideales en la alta grama. (…) Entonces este fresno seguirá siendo verde, pero (…) No estaré ya a mi derecha. (…) Cuán poca cosa sería una cosa si fuera sólo lo que es en aislamiento. ¡Qué pobre, qué yerma, qué borrosa! Diríase que hay en cada una cierta secreta potencialidad de ser mucha más, lo cual se liberta y expansiona cuando otra u otras entran en relación con ella. Diríase que cada cosa es fecundada por las demás, diríase que se desean como machos y hembras, diríase que se aman y aspiran a maridarse, a juntarse, en sociedades, en organismos, en edificios, en mundos (…) El “sentido” de una cosa es la forma suprema de su coexistencia con las demás (…) es decir, la sombra mística que sobre ella vierte el resto del Universo”

     

     

         José Ortega y Gasset: Meditaciones del Quijote, Madrid.

    Ya ves tú...circunstancias de la vida

     
     
    “Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre
    arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo
    aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y
    les han sido legadas por el pasado. La tradición de todas las generaciones
    muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos. Y cuando éstos
    aparentan dedicarse precisamente a transformarse y a transformar las
    cosas, a crear algo nunca visto, en estas épocas de crisis revolucionaria
    es precisamente cuando conjuran temerosos en su exilio los espíritus del
    pasado, toman prestados sus nombres, sus consignas de guerra, su ropaje,
    para, con este disfraz de vejez venerable y este lenguaje prestado,
    representar la nueva escena de la historia universal”.
     
    (Marx 18 brumario)

    ¿De quién es la vida?

    ¿Quién eres tú?

     

    ¿La vida, cuándo fue de veras nuestra?,

    ¿cuándo somos de veras lo que somos?,

    bien mirado no somos, nunca somos

    a solas sino vértigo y vacío,

    muecas en el espejo, horror y vómito,

    nunca la vida es nuestra, es de los otros,

    la vida no es de nadie, todos somos la vida...

     

    ... soy otro cuando soy, los actos míos

    son más míos si son también de todos,

    para que pueda ser he de ser otro,

    salir de mí, buscarme entre los otros,

    los otros que no son si yo no existo,

    los otros que me dan plena existencia,

    no soy, no hay yo, siempre somos nosotros,

    la vida es otra...

     

     

    (Octavio Paz. Piedra de sol)